Irresponsabilidad

IRRESPONSABILIDAD NACIONAL

Héctor Santiesteban

Me parecen irresponsables las imputaciones contra la intervención de las autoridades en el conflicto minero en Michoacán. Cuando no se actúa se lamenta la no actuación y cuando se actúa conforme a derecho, nos parece excesivo. Esa crítica cruzada fue la que tuvo cerrada a la UNAM más de un año; el Presidente de la República en ese entonces preguntó qué es lo que tenía que hacer. Se debatía en los medios y la ciudadanía sobre la pronta actuación de la fuerza pública y al mismo tiempo se denunciaba su posibilidad.
Ahora bien, en el conflicto minero, los paristas estaban pertrechados. No se trataba de una resistencia improvisada ni pacífica. Las bombas molotov se hacen y prevén; son bien capaces de matar a una persona por más policía que sea ésta. Las resorteras con balines y las piedras hieren a cualquier cristiano de cualquier confesión (valga el contrasentido) por más autoridad gubernamental que éste sea. Los bulldozers enormes arremetidos contra una línea de policías de a pie pudieron acabar con un saldo verdaderamente trágico. ¿Qué debe hacerse en esos casos? ¿Recular?
Las razones esgrimidas por los paristas son o espurias o indolentes o corruptas: la restitución de un líder sindical que a todas luces ha sido un claro ejemplo de los peores líderes sindicales que nuestro país ofrece. Napoleón Gómez Urrutia es bien sabido que no trabajó en las minas; ha amasado inexplicablemente una gran fortuna. Digo “inexplicablemente� por ser una fórmula verbal que implica valores éticos y económicos. Porque la explicación parece obvia: malversación de cuotas sindicales, arreglos extraoficiales que traicionan los intereses de sus agremiados, desvío de fondos y un largo o en su defecto sustancioso etcétera. Los trabajadores que reclaman su restitución al frente de los mineros son cómplices aun en contra de sus propios intereses.
La tragedia de Pasta de Conchos evidenció que los mineros no laboran con un salario digno; que no cuentan con las medidas de seguridad que les brinden una seguridad aceptable en el desempeño de su oficio; que están expuestos a muchas enfermedades y dolencias producto de las inhalaciones y el contacto con elementos nocivos (no hablo de líderes charros ahora, sino de agentes químicos) que merman su salud y acortan considerablemente su vida. Me preocupan y me duelen mucho más las vidas que se acortan a causa de negligencia laboral que las de los enfrentamientos. Por supuesto que todas la muertes son lamentables, pero acaso algunas sean más lamentables que otras.
Miles de mineros viven –acaso el verbo da una falsa idea-, mejor dicho, van muriendo poco a poco a causa de las condiciones insalubres y peligrosas de un empleo que ya podría brindarles otros beneficios. No hablo de lo deseable sino de lo posible. Se pueden implementar medidas para mejorar la calidad de vida personal y laboral del gremio minero y de los demás obreros. Ni sindicatos, ni patrones, ni autoridades se han ido a fondo a ello. En este país es más fácil hacer arreglitos chuecos que arreglos derechos. Resulta menos oneroso para una empresa darle un soborno solicitado al dirigente en turno y apaciguar al gremio, que implementar mejoras salariales y medidas de seguridad. Porque nada les garantiza que después de implementar éstas y aquéllas, se incube espuriamente un descontento orquestado.
Parece que no somos capaces de sentir, de padecer conjuntamente con ellos las implicaciones de una vida llevada al extremo de la congoja y amargura. Padecer conjuntamente es compadecer, es ponerse en el lugar del otro y sentir acaso parte de su sufrimiento. Sólo recapcitamos si hay muertos violentos; entre más haya mejor reflexionamos o al menos más tiempo les dedicamos. Parece movida por el morbo la atención que le dispensan los medios. Tal como esas películas hollywoodenses que gustan sólo por las carambolas de accidentes, los balazos y las escenas de sangre. Los medios y muchos analistas han sido irresponsables al exigir por un lado la aplicación de la ley (macheteros de Atenco) y por otro, la no aplicación de la ley (mineros de Michoacán). Cuando sólo hay críticas por criticar, el Estado tiende a confundirse y diluirse. La policía tampoco cuenta con el apoyo necesario: ni pertrechos para el efecto (balas de goma y mangueras de presión), ni salario y condiciones óptimas, ni apoyo moral. Por supuesto que la policía tiene que portar armas y más en este país. No vendamos de más un incidente violento y soslayemos los verdaderos problemas.

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